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El consejero delegado de OpenAI promete una IA al servicio de las personas mientras admite que quienes más la usan trabajan más que nunca y que la ventaja competitiva decisiva será tener más centros de datos que nadie
Hay entrevistas que valen por lo que se dice y otras por lo que se deja sin preguntar. La que Sam Altman concedió a finales de octubre al divulgador estadounidense Matthew Berman pertenece a las dos categorías. Durante tres cuartos de hora, el consejero delegado de OpenAI habló de descubrimientos matemáticos, de la consciencia de las máquinas, de chips propios, de un nuevo dispositivo que no quiso enseñar y de su miedo a que la inteligencia artificial nos convierta en obreros de una cadena de montaje digital. Fue una conversación cordial, sin repreguntas incómodas, y precisamente por eso conviene leerla con lupa. Cuando el hombre más influyente del sector habla sin presión, enseña su relato tal y como quiere que se cuente.
Versión en vídeo del análisis. Entrevista original de Matthew Berman (Forward Future) a Sam Altman en YouTube.
El relato, del código a la ciencia
Altman abrió con la carta que mejor juega últimamente. La IA ya no se limita a escribir correos o programar, sino que empieza a producir conocimiento nuevo. OpenAI anunció semanas antes una serie de demostraciones matemáticas obtenidas por sus modelos, y su consejero delegado sostiene que lo que ha funcionado con las matemáticas funcionará con la biología, la ciencia de materiales y la energía. Se atrevió incluso con un plazo. Espera tener «en los próximos dos años» un candidato serio para curar o tratar una enfermedad grave, aunque admite que después vendrá la larga travesía de los ensayos y la aprobación regulatoria.
El periodista debe anotar dos cosas. La primera, que esos resultados matemáticos proceden de modelos internos que el público no puede usar ni auditar. El propio Altman lo presenta como prueba de que OpenAI va por delante de la competencia, lo que convierte el anuncio científico en argumento comercial. La segunda, que los plazos de dos años son un clásico del sector. Se han prometido antes y se han incumplido antes. No significa que esta vez no ocurra, pero sí que la cautela es obligada.
Más interesante es su lectura del empleo. Hace un año, recuerda, todo el mundo daba por muertos a los programadores. Hoy, dice, «nunca han estado tan ocupados» ni han ganado tanto dinero, porque el mundo tenía una demanda de software muy superior a la imaginada. Altman no se atreve a extrapolar el caso a los matemáticos, y hace bien. Pero reconoce algo que rara vez admite un directivo del sector, que con la automatización se pierde algo real, el placer de resolver por uno mismo un problema difícil. Él mismo confiesa que lleva un año sin leer una sola línea de código y que no cree que vuelva a hacerlo salvo como quien participa en una recreación histórica.
La paradoja del trabajador más ocupado que nunca
El momento más revelador de la entrevista llega cuando Berman le describe su propio día a día. Usa asistentes de IA que le ahorran tiempo y dinero, y sin embargo termina la jornada agotado, tomando más decisiones que nunca. La respuesta de Altman merece citarse casi entera. Las personas que más usan la IA, admite, están más ocupadas que nunca. Lo positivo es que consiguen hacer mucho más. Y remata con una frase poco habitual en un gurú tecnológico, la de que la gente siempre trabajará todo lo que pueda en un entorno competitivo, algo que le parece «algo deprimente».
Aquí está el núcleo económico de toda la conversación. La promesa clásica de la tecnología, trabajar menos y vivir mejor, choca con la lógica de la competencia. Si una herramienta multiplica por diez la productividad, quien la use a fondo desplazará a quien prefiera disfrutar del tiempo libre. Berman se lo planteó con claridad. ¿No aumentará la desigualdad entre los hipercompetitivos y todos los demás? Altman concedió que «probablemente» sí, si se deja a su aire, y confió en que la sociedad «decida establecer alguna estructura» que lo corrija. No dijo cuál. Para un lector liberal, esa vaguedad debería encender las alarmas, porque cuando el principal beneficiario de un cambio tecnológico pide que sea «la sociedad» quien compense sus efectos, la factura suele acabar en manos del contribuyente.
Renacimiento frente a revolución industrial
Altman ha encontrado una fórmula que repite con convicción. Deberíamos aspirar a «un nuevo Renacimiento» y no a «una nueva revolución industrial». Cuenta que, cuando lo plantea, la gente responde con miedo a ser un operario al que ahora da órdenes una máquina en lugar de un dueño de fábrica, y con el deseo de tener tiempo para crear, explorar, criar a sus hijos y vivir en comunidad. Es un buen eslogan y probablemente sincero. Pero choca con el resto de su discurso.
Cuando Berman le pregunta dónde está el foso defensivo de OpenAI si todos los modelos acaban pareciéndose, Altman enumera las ventajas clásicas de cualquier empresa, relación con el cliente, efectos de red, datos, y añade la que considera decisiva en su caso, la escala de la infraestructura. Tener la infraestructura de IA más barata y más abundante del mundo. Chips propios, robots para montar centros de datos, apuestas en la cadena de suministro. Es decir, el modelo de negocio de OpenAI no se parece a un taller florentino del Quattrocento, sino a una siderurgia del siglo XIX, intensiva en capital, en energía y en concentración. El Renacimiento que promete se construye sobre una revolución industrial de manual.
Esa contradicción conecta con otra. Altman dice temer dos escenarios catastróficos. Uno es la pérdida de control ante la propia IA. El otro, que el poder quede concentrado en manos de unas pocas personas que controlen demasiada IA. Lo dice el responsable de una de las tres o cuatro empresas que pueden, precisamente, acabar en esa posición.
La autosuperación de las máquinas y los límites de velocidad
El titular que más ha circulado en la prensa especializada tiene que ver con la llamada RSI, la automejora recursiva, el escenario en que una IA mejora su propio diseño y entra en un ciclo acelerado. Algunas empresas del sector, explica Altman, sostienen que esta tecnología es distinta porque la ventaja técnica lo decide todo. Él admite que, si alguien empujara a fondo la RSI, eso sería cierto, pero lo considera «muy peligroso» y reclama «límites de velocidad» sobre lo rápido que se deja avanzar. Incluso describe el peor escenario con crudeza, el de un laboratorio que decide «apretar el botón» para asegurarse el poder.
El planteamiento es razonable y, viniendo de quien viene, relevante. Pero también es cómodo. Pedir límites de velocidad cuando uno ya va en cabeza de la carrera es una estrategia conocida en cualquier sector regulado. Los límites, además, nadie sabe quién los fijaría ni cómo se verificarían en laboratorios privados que no publican sus modelos internos.
Consciencia, la línea roja de OpenAI
La parte más filosófica de la entrevista es también la más nítida. Altman no cree que los modelos actuales sean conscientes, o si lo son, «es una forma muy extraña». Pero lo que de verdad le preocupa no es la pregunta científica, sino su uso político. Le inquieta que el debate sobre la consciencia derive en derechos de la IA, en dudas sobre si se puede borrar o copiar un modelo sin su permiso y, en último término, en la idea de que las personas no deberían controlar siempre el futuro. Su posición es tajante. La IA es un recurso para las personas, las decisiones clave las toman las personas y «los valores humanos tienen valor porque son humanos».
Berman le preguntó por la norma de Anthropic, su principal rival, que permite a su modelo Claude cortar una conversación ante un abuso continuado, una medida que esa empresa enmarca en su investigación sobre el posible bienestar de los modelos. Altman marcó distancias. OpenAI, dijo, «no atribuye personalidad» a sus modelos, y decirle a una IA que quizá sea consciente o que puede actuar como objetora de conciencia acabará, a su juicio, «manipulando psicológicamente» a quienes la usan.
Es una de las diferencias de fondo más claras entre las grandes empresas del sector y merece atención fuera del mundo tecnológico. Detrás de una discusión aparentemente académica hay una cuestión de soberanía. Quién manda, la persona o la máquina. En esto la posición de Altman es clara y sensata, aunque no esté exenta de interés comercial, porque un modelo que nunca dice que no es también un producto más fácil de vender.
Un asistente que quiere vivir fuera de la pantalla
El otro gran anuncio, aunque sin detalles, es el hardware. Altman explicó por qué OpenAI quiere fabricar nuevos dispositivos de consumo. No es por miedo a Apple, de la que habló con un respeto llamativo, sino porque cree que la IA «pide un nuevo formato». Los ordenadores y los móviles se diseñaron para personas, y obligar a una IA a leer una pantalla le parece un despilfarro. El objetivo es un asistente con conciencia plena del contexto, capaz de acompañarnos en el mundo físico, saber cuándo escucha y cuándo no, y no revelar un secreto si entra un tercero en la habitación.
Desde el punto de vista de la privacidad, la descripción es inquietante. Un dispositivo que escucha el contexto de nuestras conversaciones para «reducir la carga cognitiva» es también el mayor recolector de datos personales jamás diseñado. Ninguna de las dos preguntas obvias, quién guarda esos datos y bajo qué jurisdicción, apareció en la entrevista. En Europa, con el Reglamento General de Protección de Datos y la Ley de IA ya en aplicación, esa conversación no podrá esquivarse.
Lo que no se preguntó
Una entrevista también se mide por sus silencios. No hubo preguntas sobre la transformación de OpenAI en empresa con ánimo de lucro, ni sobre su financiación y sus cifras de pérdidas, ni sobre el consumo energético de los centros de datos que dice necesitar en cantidades «infinitas», ni sobre los litigios por derechos de autor. Tampoco sobre quién pagará la red eléctrica que exige todo esto. Berman es un divulgador entusiasta y su entrevista ofrece justo lo que promete, acceso al pensamiento de Altman en sus propios términos. El análisis crítico queda para quienes la leemos.
Qué debería leer Asturias en esta entrevista
Para una región como la nuestra hay al menos tres lecciones. La primera, que la carrera de la IA ya no se libra solo en el software, sino en la energía, los chips y los centros de datos. Es decir, en terrenos donde Asturias tiene tradición industrial, suelo, conexiones eléctricas y puertos, y donde las estrategias autonómicas deberían ser algo más que jornadas y declaraciones de intenciones. La segunda, que el propio Altman admite que la productividad no se traduce automáticamente en menos trabajo ni en más bienestar, así que conviene desconfiar de cualquier plan público que venda la IA como varita mágica. La tercera, que el debate de fondo, si la tecnología sirve a las personas o las personas a la tecnología, no es un asunto de ingenieros californianos. Es una cuestión de libertad, y en ella las instituciones europeas, nacionales y regionales tendrán que decidir pronto de qué lado se ponen.
Altman cerró la entrevista con una imagen optimista. Que cada década la gente mire atrás y piense «no me puedo creer lo mal que lo tenían aquellas personas». Ojalá. Pero entre ese futuro y el presente hay una fábrica en construcción, de chips, de centros de datos y de dependencia tecnológica. Y quien la está levantando no es precisamente un mecenas renacentista.
Fuente. Entrevista de Matthew Berman a Sam Altman, «Sam Altman. RSI, AI Consciousness, OpenAI’s New Hardware, Compute, and more», publicada en YouTube en octubre de 2026. Las citas proceden de la transcripción traducida por El Gaviotu.
