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Barbón, sin embargo, sigue apostando con dinero público.

Mientras los mercados financieros castigan a las grandes tecnológicas por haber invertido cientos de miles de millones en inteligencia artificial sin retorno claro, el Principado de Asturias y el Ayuntamiento de Gijón siguen comprometiendo fondos públicos en la misma apuesta. Una coincidencia que merece explicación.

La semana pasada, el portal económico Axios publicaba un análisis que debería hacer reflexionar a más de un consejero del Principado. El titular lo decía todo: «La sangría de las tecnológicas puede ser duradera esta vez». Las grandes compañías del sector — las mismas que llevan años prometiendo que la inteligencia artificial lo cambiaría todo — están viendo cómo sus acciones caen sin que los inversores se atrevan a comprar en mínimos. Algo inusual. Algo que no había pasado antes.

El motivo no es un capricho bursátil. Es algo más estructural: las tecnológicas han gastado más de 650.000 millones de dólares en centros de datos y capacidad de cómputo para alimentar la IA. Ese gasto es ya mayor que el consumo privado como motor de la economía estadounidense. Y nadie, absolutamente nadie, tiene claro cuándo — ni si — ese dinero va a volver. Mientras tanto, en Asturias, seguimos leyendo notas de prensa del Gobierno de Barbón anunciando «hubs de innovación», «estrategias de inteligencia artificial» y proyectos de «digitalización» que se nutren, en buena medida, de fondos europeos y presupuesto público regional. La pregunta es incómoda pero necesaria, ¿en qué se basan?.

Gijón Invierte y la tentación del dinero fácil

El fondo de capital riesgo Gijón Invierte, gestionado con participación pública municipal, ha venido posicionándose en los últimos tiempos como palanca de apuesta por la «economía del conocimiento», un eufemismo que en muchos casos se traduce en startups tecnológicas con modelos de negocio pendientes de demostrar. No se trata de afirmar que toda inversión en tecnología sea mala. Se trata de exigir algo tan elemental como la rendición de cuentas: ¿cuánto dinero público se ha comprometido en empresas vinculadas a la IA? ¿Con qué criterios de evaluación? ¿Qué ocurre si el ciclo de inversión en IA se pincha, como los mercados parecen anticipar?

Ninguno de estos fondos públicos tiene que responder a un accionista que pierda su dinero. Responden — en teoría — al contribuyente asturiano. Aunque, a juzgar por la opacidad con la que se informa de estos instrumentos, esa rendición de cuentas es más nominal que real.

El tejido tecnológico asturiano, pequeño, real y en riesgo

Asturias tiene un tejido de empresas tecnológicas modesto pero real: pymes digitales, agencias de software, empresas de consultora y servicios informáticos que dan empleo de calidad en una región que lo necesita urgentemente. Estas empresas no operan en Wall Street. No cotizan en el Nasdaq. Pero sí compiten con herramientas de IA que reducen los costes de sus clientes y, con ello, el valor de sus servicios.

El mismo informe de Axios que analiza la caída bursátil de las grandes tecnológicas describe un mecanismo bien conocido en Silicon Valley: la IA no sólo está siendo un activo especulativo, también está destruyendo el valor de empresas de software consolidadas. Las compañías que ofrecen una sola solución — aquellas que hacen «solo una cosa» que la IA puede reemplazar — son las más vulnerables.

Muchas empresas tecnológicas asturianas encajan perfectamente en ese perfil. La pregunta es si la política industrial del Principado está preparada para acompañarlas en la transición, o si prefiere fotografiarse junto a la palabra «innovación» y dejarlas solas cuando lleguen los problemas.

Barbón y la estética de la modernidad

El presidente del Principado ha hecho de la «Asturias digital» uno de sus mantras. No hay acto oficial que no incluya referencias a la transformación digital, a los fondos europeos Next Generation, a la necesidad de diversificar la economía regional hacia sectores de futuro. Todo muy correcto sobre el papel.

El problema es que esa narrativa rara vez va acompañada de evaluaciones rigurosas, indicadores de impacto medibles o mecanismos de control parlamentario efectivos. Se anuncia, se inaugura y se olvida. Y cuando la realidad — en este caso, la de los mercados financieros globales — demuestra que la apuesta era más arriesgada de lo que se vendía, nadie rinde cuentas.

Que Wall Street empiece a dudar de la IA no significa que la tecnología sea un fraude. Significa que era una burbuja especulativa parcial, construida sobre expectativas que superaban la realidad. Y que quienes apostaron el dinero de otros — incluido el dinero público asturiano — deberían haberse hecho esa pregunta antes de firmar los cheques.

No pedimos que Asturias renuncie a la tecnología. Pedimos que quienes gestionan dinero público dejen de confundir una moda de inversión con una política industrial seria. La diferencia entre ambas cosas es, exactamente, quién paga cuando las cosas salen mal.

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