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El 21 de agosto de 1936 caía en Gijón el cuartel del Simancas tras un mes de asedio. Nueve décadas después, el episodio sigue estudiándose en las academias militares, pero el conjunto escultórico que lo recuerda —obra de Álvarez Laviada y Luis Moya, levantado por suscripción popular— afronta un procedimiento administrativo de retirada.
Antes de julio
Un colegio que nunca fue un cuartel
Conviene empezar por deshacer un equívoco que arrastra hasta el propio nombre del episodio. El «cuartel del Simancas» no era un cuartel. Era el colegio que la Compañía de Jesús mantenía en Gijón, convertido en Instituto Jovellanos tras la disolución de la orden decretada por la Segunda República y entregado más tarde al Regimiento Simancas número 40 como guarnición, sin que mediara obra alguna de acondicionamiento militar.
El dato no es una curiosidad erudita, explica buena parte de lo que vino después. El edificio ocupaba un altozano con dominio visual sobre la bahía —una ventaja estratégica evidente— pero carecía por completo de las condiciones de una posición defensiva. Muros pensados para aulas, no para resistir dinamita.
A ello se sumaba la aritmética. La guarnición del Simancas rondaba los 250 hombres. En el cercano cuartel de Zapadores, a poco más de medio kilómetro, había unos 180 más. Eran, junto a un pequeño destacamento en el cerro de Santa Catalina, las únicas fuerzas militares de Gijón. Al mando del conjunto, el coronel Antonio Pinilla Barceló, comandante militar de la plaza. Frente a ellos, en los momentos de mayor presión, las fuerzas sitiadoras llegaron a cifrarse en varios millares.
20 de julio de 1936
La ciudad y el cerco
El intento de Pinilla de sacar tropa a la calle el 20 de julio fracasó y obligó al repliegue sobre el edificio. Desde ese momento y hasta el 21 de agosto, el Simancas quedó aislado.
Conviene situar el asedio en la ciudad que lo rodeaba, porque ambas cosas ocurrieron a la vez. Aquellas mismas semanas, Gijón vivía una represión intensa en la retaguardia: detenciones sin cargos, iglesias convertidas en prisiones improvisadas —la actual Basílica del Sagrado Corazón, la popular «Iglesiona», entre ellas— y ejecuciones sin proceso. Un documento firmado por el alcalde Paulino Vigón en diciembre de 1940, conservado en el Archivo Histórico Provincial de Asturias, contabiliza 861 víctimas entre julio de 1936 y octubre de 1937, sin incluir a los caídos en combate ni a los muertos por bombardeo.
No son dos historias distintas. Son el mismo verano.
Un mes de asedio
Túneles, gasolina y dinamita
Las condiciones del cerco están documentadas con detalle. Mineros de las cuencas asturianas excavaron túneles bajo el edificio para volarlo. Las baterías emplazadas en el cerro de Santa Catalina batieron la posición de forma continuada. Se emplearon mangueras y camiones cargados de gasolina para incendiarla, y cargas sucesivas de dinamita.
Dentro, la situación se deterioró hasta lo insostenible: sin agua corriente, con la munición agotándose y sin víveres. Los defensores llegaron a sacrificar los mulos del regimiento y, en una salida, a capturar una vaca de las inmediaciones para alimentar a los niños que se encontraban en el recinto.
El apoyo llegaba únicamente desde el mar. El crucero Almirante Cervera, el destructor Velasco y el acorazado España batían desde la costa las posiciones de los sitiadores. El 16 de agosto cayó Zapadores; los pocos supervivientes, con el teniente coronel Valcárcel y el comandante Jareño al frente, se integraron en el Simancas.
21 de agosto de 1936
Once de la mañana
Aquella mañana un boquete en el muro principal permitió la entrada de los asaltantes. El combate pasó al arma blanca. Hacia las once, el coronel Pinilla ordenó al cabo telegrafista Jesús Rodríguez transmitir por heliógrafo un mensaje al Almirante Cervera, al mando del capitán de fragata Salvador Moreno.
Desde el buque, desconcertados, pidieron que se repitiera cifrado. La respuesta del telegrafista ha quedado como la coda de la escena: «No hay tiempo para cifrar.»
Pinilla murió a la bayoneta defendiendo la posición. La mayor parte de los defensores fue ejecutada tras la toma. Los propios informes remitidos a Madrid por el mando republicano describen el incendio provocado con dinamita y gasolina, y a quienes intentaron salir siendo abatidos.
Aquella noche cayó Gijón. Solo Oviedo quedó como foco de resistencia en Asturias.
El testimonio del adversario
Lo que escribió Indalecio Prieto
Hay una cita que conviene rescatar precisamente porque no procede de los suyos. Indalecio Prieto, ministro de Marina y Aire de la República entre 1936 y 1937, escribió en el periódico El Liberal de Bilbao:
No ha habido rendición; los insurrectos, principalmente oficiales, con el cuartel envuelto en llamas desde hacía doce horas, siguieron defendiéndose dentro de un patio detrás de sacos terreros y murieron matando. Descubrámonos respetuosamente ante sus cadáveres.
Vale la pena detenerse en el detalle, porque no es una concesión retórica, doce horas de incendio, un patio, unos sacos terreros. Un dirigente del bando contrario, en plena guerra, describiendo la resistencia con precisión y pidiendo respeto para los muertos. Noventa años después, y en paz, ese mínimo de reconocimiento se ha vuelto materia de disputa.
La defensa del Simancas cumplió además una función estratégica reconocida: al priorizar el mando republicano la toma del puerto de Gijón, se desviaron hacia allí efectivos del cerco de Oviedo, lo que facilitó el avance de las columnas gallegas de socorro. El episodio se estudia en las academias militares españolas. Se concedieron tres Laureadas de San Fernando, al coronel Pinilla, colectiva al Regimiento Simancas nº 40 y colectiva al colegio de los jesuitas, cuyo escudo la ostenta todavía.
3 de noviembre de 1958
El monumento
El conjunto que hoy se discute se inauguró el 3 de noviembre de 1958. Lo firmó el escultor Manuel Álvarez Laviada y colaboró en la parte arquitectónica Luis Moya Blanco, autor de la Universidad Laboral de Gijón, una de las piezas mayores de la arquitectura española del siglo XX.
Tres rasgos definen la obra y son los que sostienen su defensa:
- Es un conjunto, no una pieza aislada
- Escultura y arquitectura integradas en el frontispicio de la iglesia, no un monumento exento añadido a un espacio público.
- Se costeó por suscripción popular
- Miles de asturianos aportaron cantidades modestas. La documentación conservada en el Archivo Municipal de Gijón permite reconstruir el listado de donantes y las cantidades recaudadas.
- Su iconografía es religiosa y funeraria
- Una cruz, ángeles, una corona de laurel. No incorpora simbología política ni elementos de exaltación de régimen alguno.
Hoy
El estado de la cuestión
Aquí es donde el asunto deja de ser histórico y pasa a ser jurídico.
El conjunto figura en el catálogo urbanístico del Ayuntamiento de Gijón, lo que le confiere una protección que opera con independencia de que prospere o no la declaración como Bien de Interés Cultural solicitada por la Asociación Raíces. Es un dato objetivo, no una interpretación.
A ello se añade un argumento de encaje normativo: al integrarse físicamente en un conjunto religioso y carecer de simbología de exaltación, la aplicación de la legislación de memoria democrática resulta, cuando menos, discutible. Frente a esto, la Consejería competente del Principado tramita un procedimiento administrativo dirigido a su retirada, y existe litigio abierto en vía contencioso-administrativa en torno a la denegación del expediente BIC.
La comparación internacional resulta ilustrativa. Rusia conserva monumentos y cementerios de la División Azul. Alemania mantiene vestigios anteriores a la guerra mundial. En Italia, la tumba de Mussolini en Predappio es un lugar histórico protegido. En los Países Bajos permanecen señalados los enterramientos de combatientes alemanes. En ninguno de esos casos la conservación se interpreta como adhesión.
Lo que está en juego en Gijón no es un debate sobre 1936. Es si una obra de dos autores de primer orden, pagada por suscripción popular y catalogada por el propio Ayuntamiento, puede desaparecer por vía administrativa.
Noventa años después, la mejor manera de honrar a quienes murieron allí sigue siendo la más sencilla: conocer con exactitud lo que ocurrió, y conservar los testimonios materiales que lo acreditan.

