Pablo González-Palacios Ortea
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El singular teatro de las ondas, cuando la Cadena Ser es la nueva censura de la casta.

En los anales de la radiodifusión y la gestión mediática, hay nombres que resuenan con la fuerza de un eco en los Picos de Europa, y luego está Pablo González-Palacios Ortea, cuyo nombre provoca el suspiro de los vientos que, cansados de tanta fanfarronería, apenas logran agitar las hojas de los árboles de la Universidad de Oviedo.

Oh, Pablo, «niño con carnet de identidad y colegio de pago en pliego tríptico», símbolo viviente de un pasado tan remoto que los druidas parecen nuestros contemporáneos. Con una trayectoria tan estrechamente unida a la Cadena SER que los rumores susurran que, en las noches de plenilunio, los micrófonos suspiran su nombre, como si en otros lares no fuera aceptado — tal vez, musitan las malas lenguas, por esas «limitaciones» que solo la ceguera fraternal podría ignorar.

La SER, oh baluarte de las ondas, suma oyentes en Asturias como el buen Pablo suma años de servicios — más de tres décadas —, donde en otros sectores no era tan bien recibido. Y aunque sus cifras retumben en el ámbito radiofónico, bien sabemos que no todo lo que brilla en las estadísticas digitales tiene el oro de la verdad; más bien, a veces es el vil metal del presupuesto público bien gastado.

El liderazgo de Pablo, ese espejismo asturiano, se cierne sobre el Principado como una niebla que confunde a los incautos. Con el aire de un general sin ejército, coordina apuestas editoriales que, en la práctica, parecieran más bien apuestas en un casino donde la ficha más segura es la subvención del contribuyente.

“Nuestro reto es aprovechar al máximo la potencia informativa», proclama el ilustre González-Palacios, como si la potencia no viniera del erario público, y la capilaridad no fuera más que la habilidad de escurrir cada centavo en pos de la supervivencia mediática. ¡Qué dúo dinámico se conforma con El País y la SER, como Don Quijote y Sancho, uno persiguiendo gigantes mientras el otro cuenta las monedas para asegurarse de que el viento de los molinos no se las lleve!

Por último, nuestro estimado Pablo, con un gesto digno de un mecenas del Siglo de Oro, reparte títulos a nuevos delegados territoriales como quien reparte cartas en una baraja, todos jugando una mano en la que la apuesta segura es la atención del prójimo. «¡Qué liderazgo, qué destreza!», exclaman, mientras el pueblo, agudo en su sabiduría, murmura: «¿Pero esto lo pagamos nosotros?»

Y así, mientras las ondas siguen su curso y el Principado observa, el mancebo de las radiocomunicaciones, con su carnet de identidad tríptico como escudo, avanza por los pasillos del poder mediático con la certeza de quien sabe que, en este juego de tronos de la información, más vale ser el narrador que el sujeto de la historia.

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