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En el último episodio de la telenovela política española, el protagonista Pedro Sánchez.

En el último episodio de la telenovela política española, titulado «Cómo ganar elecciones invocando a los muertos», el protagonista Pedro Sánchez, en un audaz movimiento digno de una serie de Netflix, ha decidido que la mejor estrategia electoral no es prometer reformas, mejorar la economía o incluso garantizar una sanidad de primera. No, señoras y señores, en un giro de guion que dejaría boquiabierto al mismísimo Hitchcock, nuestro intrépido presidente ha optado por excavar, literalmente, en el pasado. Y es que, ¿quién necesita propuestas políticas cuando tienes un Valle de Cuelgamuros lleno de fantasmas del pasado listos para ser convocados?

Mientras el país navega por las turbulentas aguas de la crisis económica, la pandemia y la sempiterna cuestión catalana, Sánchez, cual moderno nigromante, ha decidido que el momento óptimo para sacar a relucir la Ley de Memoria Histórica es justo ahora, cuando el calendario electoral se asoma en el horizonte. Con la precisión de un cirujano y el tacto de un elefante en una cristalería, ha desenterrado no solo a Franco, sino también la polarizada discusión sobre el Valle de los Caídos, justo a tiempo para la foto de campaña.

La visita a Cuelgamuros, acto seguido de una gira mundial que bien podría haber estado patrocinada por cualquier agencia de viajes (dado el itinerario exótico de nuestro presidente), no es más que el último capítulo de una serie de maniobras políticas que buscan movilizar al electorado mediante el siempre efectivo método de agitar el fantasma de Franco. Porque, claro está, nada moviliza más al votante indeciso que el recuerdo de una España dividida… o eso deben pensar en la estrategia de campaña del PSOE.

En esta obra teatral, el PP y Vox hacen las veces de antagonistas perfectos, oponiéndose a las exhumaciones y proporcionando al PSOE la oportunidad de pintarse como el defensor de la democracia, la memoria histórica y, por supuesto, la moralidad. Mientras tanto, los ciudadanos se preguntan si acaso no hay problemas más acuciantes en el presente sobre los que legislar.

La memoria histórica, convertida en arma arrojadiza en el campo de batalla electoral, se debate en ruedas de prensa y tertulias como si de la última serie de moda se tratase, eclipsando temas que afectan directamente al día a día de los españoles. Y mientras los políticos se lanzan acusaciones, promesas y críticas, uno no puede evitar preguntarse si este no será un intento más de desviar la atención de los verdaderos problemas que afronta el país.

En resumen, mientras Sánchez y compañía siguen desenterrando el pasado en busca de votos, los espectadores de esta tragicomedia política se quedan esperando a que alguien, finalmente, se ocupe del guion del futuro. Porque al final del día, lo que España necesita son políticas que miren hacia adelante, no estrategias que nos hagan tropezar con las lápidas del pasado. Pero, ¿quién necesita futuro cuando el pasado da tantos titulares? Bienvenidos al espectáculo electoral, donde los muertos tienen el papel estelar y los vivos solo podemos observar y maravillarnos ante tal despliegue de creatividad política.

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