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El partido que no puede ser nombrado, ha sido, una vez más, víctima del «cordón sanitario» woke.

Oh, noble Gijón, cuna de la bravía Asturias, ¿quién hubiera imaginado que tu radiante luz se viera eclipsada por la sombra de la «objetividad selectiva»? ¡Qué escenario nos depara la modernidad, donde los juglares de la Cadena SER se erigen como adalides de la justa opinión, desplegando el estandarte de la parcialidad con el sutil arte de quien, sin duda, ha aprendido el menester de la política en las bancas del mismo Maquiavelo! 

Nos informa la troupe radiofónica, oh sorpresa, que en su augusta sabiduría, han decidido privar a un importante número de contribuyentes de sus voces en el concilio de premiaciones. «¡Gijón ciudad abierta!», exclaman, mas ¡ay!, la puerta parece tener un cerrojo invisible, quizá forjado con el metal más pesado de todos: el desdén. 

¿Y qué decir de esos 11.000 hidalgos gijoneses, cuyos doblones llenan las arcas municipales, y de ahí, fluyen en un generoso arroyo hacia los menestrales de las ondas? Pues, bien gracias, sus monedas son tan apreciadas como el aire que se respira, pero su parecer, ay, tan valorado como la palabra de un bufón en cónclave de sabios. 

¡Qué graciosa contradicción, oh fieles ciudadanos! Se os pide tributo para el sostén de las voces que os silencian. Vuestra contribución se acepta con una mano, mientras la otra os señala la salida. «Gracias por vuestro apoyo, mas, ¿vuestra opinión? ¡Esa dejadla en la puerta, junto a vuestros sombreros y bastones!» 

En este teatro de lo absurdo, donde la SER preside como patrona del buen gusto y la mesura, ¿cómo no evocar la memoria de nuestro Quevedo? Él, que con pluma afilada, habría tallado un soneto al ver cómo el cuarto poder, financiado con oro común, decide cuándo el común es digno de palabra y cuándo no. 

Dejad que los gijoneses, en su ingenio, deduzcan el verdadero rostro de quienes, vestidos de libertad, se maquillan con la hipocresía de aquellos que en público pregonan la apertura y en privado practican la selección. Y que, ante tal descubrimiento, entonen un cántico, no de lamento, sino de risa, porque al final, como en los mejores dramas de Lope, todo acaba siendo una comedia. Y en esta, los ciudadanos tienen el mejor papel, aunque a algunos les pese. 

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