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Martirios religiosos en comunidad de los agustinos
Natural de Osorno, Palencia el 22 de febrero de 1889
Vivía escondido en una modesta pensión, la de Amalia Iglesias, donde hubiera estado muy bien, si un incidente fortuito no le hubiese aterrorizado.
Oyó un día desde su habitación esta frase: » En esta fonda hay un pajarraco…» No lo decían por él, seguramente, bien disfrazado y documentado; más el hombre perdió la serenidad y rogó a Leontina, la de la buhardilla nº 120 de la calle Cabrales, le proporciona lugar seguro; y lo llevó a los señores de Embil hacia primeros de agosto. Allí se encontró con el P. Juan Pérez también agustino.
El P. Alonso, era víctima del pavor, un miedo semipatológigo, que lo llevó a un estado de inferioridad y delirio. Se le clavó, por ejemplo, de ir a Osorno, su pueblo natal. Mal que bien, se le hizo ver con indecible paciencia, que era una locura imposible y entonces la tomó con ir a Llanes.
Resolvió Josefina Embil, tras mucho darle vueltas al asunto, solicitar al Comité licencia para ir a Llanes acompañada del Padre, a quien haría pasar por marido suyo. Después de muchas trampas y fatigas y listos todos los papeles… el miedo le hizo ver trampantojos y lo hecho se deshizo como sal en el agua.
El P. Juan disuadió a la familia de más ensayos frente al miedo a la muerte que padecía el P. Florencio.
El 24 de agosto, por doble denuncia, una en Investigación y Vigilancia y otra en la checa , dos grupos de milicianos coincidieron en casa de los Embil. Y por gracia visible del cielo, el P. Florencio dio muestras entonces de un maravilloso control de nervios. Hasta entonces temblaba el hombre viejo que todos llevamos a cuestas; el que ahora se ofrece tranquilo a los emisarios de la muerte, es el mártir.
En aquella noche del 24 de agosto de 1936, salieron los dos Padres con Estanislao Embil; el 25, fue éste dejado en libertad. Los dos agustinos quedaron en la calle Corrida, casa de don Ismael Figaredo( entonces de Investigación y Vigilancia). La madrugada del 26 aparecieron fusilados en el Tragamón ( en la zona donde hoy está la Universidad Laboral). Alguien avisó a la familia Embil. Las víctimas estaban como dormidas. En el Juzgado se dice que hubo ensañamiento, pero a la vista no aparecía nada. La noble familia se hizo cargo y en sendos ataúdes los enterraron en el cementerio de Ceares. El Padre Florencio llevaba un rosario al cuello.
Cuando Rosa Embil lloraba viendo como ardía la Iglesia parroquial de San Lorenzo de Gijón, él le dijo: » No llores hija mía por las iglesias: las iglesias se harán; los hombres no se harán.
al día siguiente lo mataron.
( Texto obtenido de Rosa Embil, Gijón)
