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Cómo la Administración se da un festín a costa de las clases medias y bajas

¡Oh, glorioso día! En el reino de la fiscalidad, donde el sol nunca se pone en las arcas del «pequeño Reino Astur», celebramos la grandiosa gesta de nuestros héroes burocráticos, siempre hambrientos, nunca saciados. Es un espectáculo digno de admiración: ver cómo con mano firme (y otra extendida) logran que incluso las migajas parezcan excesivas en los bolsillos de las clases medias y bajas.

Al alba, cuando el ciudadano sujeto pasivo aún yace en su lecho, soñando con un mundo donde pueda retener el fruto de su labor más allá de junio, nuestros valientes recaudadores ya están en pie. Con la precisión de un cirujano y la delicadeza de un elefante en una tienda de porcelana, se lanzan a la caza del evasor fiscal, ese monstruo mitológico que osa pensar que lo ganado con esfuerzo podría, de alguna manera, pertenecerle.

El Principado, ese padre benevolente, nos recuerda constantemente su sacrificio. ¿Cómo sobreviviríamos sin él? Aparentemente, sin su guía, las carreteras se desvanecerían bajo nuestros pies, los hospitales se esfumarían en el aire y las escuelas serían meras leyendas contadas a los niños para hacerlos dormir. ¡La anarquía! ¡El caos! ¡Adultos perdidos sin la habilidad de vestirse sin la aprobación y tutela de nuestro Presidente!

En esta distopía sin impuestos, ¿dónde terminaría nuestra civilización? Sin duda, regresaríamos a las cuevas, comunicándonos con gruñidos y señas, extrañando los días en que la mitad de nuestro año se dedicaba a llenar las arcas de nuestro señor y salvador, el Principado. Pero temed no, valientes súbditos, pues esa oscura era nunca llegará. Nuestros líderes, con su infinita sabiduría, han asegurado que cada euro que sea extraído con la promesa de un paraíso fiscalmente responsable que, curiosamente, siempre parece estar justo en el horizonte, nunca al alcance.

Y mientras, en el gran banquete de los impuestos, donde las clases medias y bajas son el plato principal, los altos cargos brindan. Brindan por la salud de un sistema que convierte la necesidad en virtud, la carga en honor y la evasión fiscal en el más vil de los pecados. Porque, claro, evitar ser desplumado en este acto de magia gubernamental no solo es un crimen; es un sacrilegio contra la fe en el Principado omnipotente y omnívoro.

En este festín, el ciudadano medio es tanto el invitado como el menú. Y mientras mastica la ilusión de prosperidad, el Estado autonómico se relame, satisfecho, preparando ya su próximo banquete. Porque en el reino de la fiscalidad, el apetito del Estado de las autonomías nunca decrece, y siempre hay lugar para uno más en la mesa… siempre y cuando estés dispuesto a pagar la cuenta.

Con este enfoque, busco resaltar de manera sarcástica la percepción de que los impuestos son un sistema injusto que afecta desproporcionadamente a las clases medias y bajas, mientras el Estado autonómico del Principado de Asturias , que se presenta como el gran benefactor, a pesar de los cuestionables resultados de su gestión, no tiene piedad con sus súbditos y vasallos.

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