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La semana pasada, Capgemini —la consultora tecnológica francesa con más de un millar de trabajadores en La Felguera— anunció un procedimiento de despido colectivo en España. La razón oficial, el impacto de la Inteligencia Artificial y un «entorno operativo cada vez más incierto». Sin cifras todavía. Sin fechas. Con el eufemismo corporativo de rigor: «proceso de reestructuración en fase muy inicial».
Veinte años lleva Capgemini en el valle del Nalón. Llegó en 2005 con cuarenta empleados. Creció hasta el millar. Formó ingenieros asturianos, colaboró con la Universidad de Oviedo, se convirtió en el símbolo de que Asturias podía tener un sector tecnológico propio. Y ahora la misma tecnología que vendía como solución se convierte en el problema.
No es una noticia económica. Es una señal política. Y nadie en el Principado ni en los partidos parece haberse enterado.
La paradoja que los expertos llevaban años anunciando
El profesor Xavier Ferràs, de ESADE, lo explicaba hace poco con una claridad que incomoda: podemos ir hacia un mundo de abundancia donde habrá de todo para todos, excepto trabajo. Las empresas producirán, procesarán y distribuirán con algoritmos y agentes de IA, sin humanos. La productividad técnica será infinita. Pero la productividad real será cero, porque nadie tendrá renta para consumir.
Esto no es ciencia ficción. Es lo que está pasando en Langreo ahora mismo. Una empresa tecnológica —de las que se supone que crean empleo del bueno, el empleo del futuro— despide porque la IA hace en minutos lo que antes hacían equipos enteros de ingenieros. El futuro ha llegado antes de que estuviéramos preparados.
Dato para la reflexión: Capgemini factura miles de millones vendiendo transformación digital a otras empresas. Ahora esa misma transformación digital se la aplica a su propia plantilla. La ironía sería cómica si no hubiera familias asturianas de por medio.
La izquierda tiene la solución equivocada
La respuesta previsible de la izquierda ya se puede anticipar, más regulación, más derechos sindicales, más negociación colectiva. Y en el corto plazo, bien. Los trabajadores de Capgemini merecen toda la protección legal disponible durante este proceso.
Pero la izquierda tiene un problema de fondo, su única receta estructural para este escenario es la Renta Básica Universal. La idea de que el Estado reparte dinero a todos para compensar que las máquinas se han quedado con los empleos. Ferràs, desde una posición tecnocrática y no ideológica, la presenta como inevitable. Y quizás lo sea a treinta años vista.
Pero la RBU tiene un problema que nadie de izquierdas quiere nombrar: ¿quién la financia? Si las empresas producen sin trabajadores, la base fiscal desaparece. El IRPF cae. Las cotizaciones sociales se evaporan. ¿Cómo financia el Estado una renta universal cuando los grandes generadores de riqueza son algoritmos domiciliados en Delaware, Dublín o las Islas Caimán?
La izquierda no tiene respuesta para esa pregunta porque implica una reforma fiscal global que choca frontalmente con los intereses de las mismas multinacionales tecnológicas que financia a través de impuestos a la riqueza que nunca terminan de aprobarse. La RBU es, en la versión izquierdista, un cheque sin fondo.
La RBU sin reforma fiscal global no es una solución. Es un placebo para gestionar el descontento mientras el sistema se vacía por dentro.
La derecha tiene el diagnóstico correcto y la cobardía equivocada
La visión liberal y de centroderecha sobre la IA es, en el diagnóstico, la más lúcida, el mercado y la tecnología crean más riqueza que destruyen, las reconversiones son dolorosas pero necesarias, y el papel del Estado es facilitar la adaptación, no frenar el cambio. Correcto en teoría.
El problema es que esa visión exige valentía política que no existe. Decirle a un millar de trabajadores de La Felguera que el mercado es lo correcto y que se reconviertan requiere también tener listo el sistema de reconversión. Requiere haber invertido en formación tecnológica antes de que llegara el ERE. Requiere haber construido un ecosistema empresarial capaz de absorber ese talento desplazado.
¿Lo ha hecho el PP en Asturias? ¿Lo ha hecho el gobierno regional del PSOE en los últimos años? ¿Lo está haciendo alguien? No. La derecha asturiana habla de bajar impuestos —bien— pero sin un plan industrial serio que prepare la región para la economía de la IA. La izquierda habla de proteger el empleo —comprensible— pero sin una estrategia que genere empleo nuevo.
Ferràs lo dice sin ambages: Europa optó por regular en lugar de liderar. No puedes regular lo que no produces. Un técnico chino le dijo a un colega: «Europa es un PowerPoint». Asturias, en ese mapa, es una nota a pie de página.
Lo que está en juego en el valle del Nalón
Capgemini no es cualquier empresa en Asturias. Es la más grande del sector TIC en la región. Su llegada a Langreo en 2005 fue un hito. Demostró que una comarca minera reconvertida podía atraer tecnología punta. Durante veinte años ha formado ingenieros, ha generado una masa crítica de talento tecnológico en el Nalón, ha dado razones a los jóvenes asturianos para no irse.
Si Capgemini reduce drásticamente su plantilla en Asturias, el golpe no es solo económico. Es psicológico y estructural. Es la señal de que ni siquiera el sector que se suponía inmune —el tecnológico— lo es. Es el argumento definitivo para que el ingeniero joven de Mieres o Langreo haga las maletas y se vaya a Madrid, Barcelona o Berlín.
Y con él se va el tejido que Asturias necesita para afrontar la siguiente década.
La primera reconversión industrial destruyó el empleo de los padres. La segunda puede destruir el empleo de los hijos. Y esta vez no habrá fondos mineros que amortigüen el golpe.
Lo que habría que hacer, con o sin consenso
No hay soluciones indoloras. Pero hay decisiones que marcan la diferencia entre una región que gestiona el declive y una región que lo afronta.
— Auditoría pública del impacto de la IA en el empleo asturiano. Cuántos empleos son vulnerables, en qué sectores, en qué plazo. Eso no existe hoy.
— Plan de reconversión tecnológica urgente. No en diez años. Ahora. Con financiación real, no con comunicados de prensa.
— Fiscalidad diferenciada para empresas generadoras de IA. Asturias necesita atraer empresas que desarrollen tecnología, no solo que la consuman.
— Dejar de celebrar creaciones de polígonos tecnológicos y empezar a celebrar empresas nuevas que llegan. El suelo urbanizado no genera empleo. Las empresas que deciden instalarse en él, sí. Y esas decisiones no se consiguen con placas conmemorativas.
Lo que ocurre en La Felguera no es un accidente. Es el primer aviso visible de una transformación que afectará a toda la región. La pregunta no es si habrá más EREs por culpa de la IA. La pregunta es si Asturias estará preparada cuando lleguen, o si volveremos a lamentarnos, veinte años después, de no haber actuado a tiempo.
Ya lo hicimos una vez. Con el carbón y el acero. Y tardamos una generación en recuperarnos. No podemos permitirnos otra generación perdida.
