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La tumba de la República en Octubre de 1937

¡Ah, qué escena de tragicomedia se nos presenta con ese Consejo Soberano de Asturias y León!

Parecería que los consejeros, en un arrebato de sublime ingenuidad, se coronaron a sí mismos reyes de un reino imaginario, arropados no por la seda de la soberanía, sino por la gruesa lana del autoengaño. ¿Soberanos, dicen? Soberanos de su propio delirio, pues al parecer no se percataron de que, más que alzarse sobre un trono, estaban sentados en la cuerda floja, tambaleándose entre la insurrección y la dependencia.

¿Y qué decir de la osadía de proclamarse «soberanos» mientras seguían, como niños traviesos, consultando al gobierno central?

Ah, que farsa más fina: declaran independencia por la mañana y por la tarde vuelven a mendigar instrucciones a Madrid. ¡Ay, pero qué soberanos tan obedientes! Si hasta Negrín y su cohorte de «políticos de altura» debieron reírse, viendo a esos «románticos revolucionarios» jugar a los reyes en un tablero sin piezas. Lo que para unos fue un acto de dignidad, para otros no fue más que una pantomima digna de la pluma de un dramaturgo.

¡Oh, la soberanía! Ese concepto elevado que ellos, en su noble ignorancia, creyeron manejar como el orfebre maneja el oro, cuando en realidad forjaron con plomo sus ilusiones. El Consejo, con más brío que razón, decidió ponerse la corona, aunque fuera de espinas, sin darse cuenta de que el verdadero poder estaba lejos de sus montañas, mar y minas, y mucho más allá de sus buenas intenciones.

Pero, ¡qué espectáculo dieron estos consejeros! Decisiones apresuradas, como quien se lanza a un río sin saber nadar, aceleraron su inevitable caída, y sin embargo, al final del día, ¿ quién puede decir que no salvaron, al menos, el orgullo? ¡Orgullo de perdedores, sí, pero de esos que caen con la frente alta, ignorando que la altura solo hace más fuerte el golpe! Se aferran a la idea de que «no deben nada a nadie», como si la deuda moral de la derrota no pesara en sus conciencias, como si las vidas perdidas en su defensa fueran un precio justo por su efímera soberanía.

Y así, el Consejo Soberano de Asturias y León se erige como un monumento al deseo, un anhelo de independencia que nunca fue más que un espejismo en el desierto de su desesperación. No se diga más, pues si la historia los ha olvidado, es porque sus actos no merecieron más que el polvo de un páramo en el rincón de un olvido bien ganado.

En conclusión, soberanos fueron, sí, pero soberanos del despropósito, campeones del autoengaño, y al final, no queda de ellos más que un eco de lo que pudo ser y nunca fue. ¡Ah, la historia! Tan implacable como justa, ha dado a cada cual su lugar, y a estos, les reservó un rincón oscuro, donde reposa el sueño de los que, queriendo volar, nunca dejaron de arrastrarse.

¿ Quiénes mantuvieron el terror rojo en esta «Arcadia feliz » ?

l Consejo Soberano de Asturias y León fue una entidad creada durante la Guerra Civil Española, específicamente en septiembre de 1936, cuando la región de Asturias y parte de León quedaron aisladas del resto de la España republicana debido al avance de las fuerzas franquistas. Este consejo asumió funciones de gobierno en la región, autoproclamándose como autoridad soberana en un contexto de desesperación y aislamiento.

El Consejo Soberano estaba compuesto por representantes de las distintas fuerzas políticas y sindicales que operaban en la región, todas alineadas con el bando republicano del Frente Popular. Los principales miembros y organizaciones que formaron parte del Consejo fueron:

  1. Belarmino Tomás: Uno de los líderes más destacados, era miembro del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y del sindicato Unión General de Trabajadores (UGT). Belarmino Tomás se convirtió en la figura más prominente del Consejo, ejerciendo de facto como su presidente.
  2. José María Suárez González: Representante de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), el sindicato anarquista que tenía una fuerte presencia en Asturias.
  3. Ramón González Peña: También del PSOE y UGT, fue otro de los líderes importantes dentro del Consejo. González Peña ya tenía experiencia en el movimiento obrero y fue un dirigente clave durante la Revolución de Octubre de 1934 en Asturias.
  4. Marcelino Fernández Pérez: Representante del Partido Comunista de España (PCE), aportando la perspectiva comunista dentro del Consejo.
  5. Luis Sirval: Representante del Partido Sindicalista, un partido fundado por Ángel Pestaña, que defendía una forma de sindicalismo revolucionario.
  6. Francisco Villar: Miembro de Izquierda Republicana, el partido de Manuel Azaña, que también tenía representación en el Consejo.

Estos líderes representaban a una coalición de fuerzas de izquierda, incluyendo socialistas, comunistas, anarquistas y republicanos. El Consejo asumió funciones de gobierno en la región, intentando mantener la resistencia contra las fuerzas franquistas a pesar del aislamiento, caos, indisciplina y la falta de capacidades de gestión y mando. La proclamación del Consejo Soberano se enmarca en un intento desesperado de mantener el control y la moral en una situación extremadamente adversa. Sin embargo, la resistencia en Asturias finalmente colapsó en octubre de 1937 con la caída de Gijón y la entrada de las tropas franquistas en la región.

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