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Trump apaga la inteligencia artificial para el resto del mundo
Washington decreta que solo los estadounidenses pueden usar los modelos más potentes de Anthropic. Es la primera vez que un gobierno retira del mercado una IA ya desplegada, y el primer aviso serio de que la soberanía tecnológica de Europa cuelga de un hilo que sujeta otro.
Ocurrió la noche del viernes al sábado, en cuestión de minutos y sin apenas explicaciones. El Departamento de Comercio de Estados Unidos, a través de su secretario Howard Lutnick, envió a Anthropic —la empresa creadora del asistente Claude— una directiva de control de exportaciones que prohíbe el acceso a sus dos modelos más avanzados, Fable 5 y Mythos 5, a cualquier ciudadano extranjero. A cualquiera: dentro o fuera de Estados Unidos, e incluidos los propios trabajadores de la compañía que no tengan pasaporte norteamericano.
La empresa recibió la orden a las 17:21, hora de la costa Este. La carta, según ha reconocido la propia Anthropic, no concretaba cuál era el problema de seguridad nacional que la motivaba. Y como la prohibición afectaba a «cualquier extranjero», la compañía se vio obligada a hacer lo único que técnicamente podía hacer para cumplir: apagar los dos modelos para todo el mundo, también para los estadounidenses. Quien hoy intente abrir Fable en Claude se encuentra con un aviso seco: temporalmente no disponible.
No es un detalle menor. Es, según han subrayado medios como la NBC, la primera vez en la corta historia de esta tecnología que una gran empresa de inteligencia artificial retira un modelo ya entregado al público porque se lo ordena su gobierno. Un precedente que conviene mirar de frente, porque lo que hoy le pasa a Anthropic mañana puede ser la norma.
El detalle que lo cambia todo: la prohibición es para los de fuera
Aquí está el corazón del asunto, y la razón por la que esto debería preocuparnos a este lado del Atlántico mucho más que cualquier disputa interna entre Washington y Silicon Valley.
Trump no ha prohibido la inteligencia artificial. No ha decidido que Fable y Mythos sean tan peligrosos que nadie deba tocarlos. Ha decidido, exactamente, que los peligrosos somos los demás. Que un estadounidense puede usar esa potencia y un español, un francés o un alemán, no. La medida no protege al ciudadano norteamericano de una tecnología supuestamente dañina: lo blinda en su uso exclusivo y se lo niega a su competencia. «America First», reza el comunicado oficial del Departamento de Defensa que respalda la decisión. Primero América. Y, por descarte, los demás en segunda fila.
Llámenlo como quieran: control de exportaciones, seguridad nacional, soberanía. El nombre técnico no cambia el fondo político. Estados Unidos acaba de establecer que el acceso a la frontera de la inteligencia artificial es un privilegio de ciudadanía, no un producto de mercado. Y lo ha hecho de un plumazo, por la vía de urgencia, sin tribunal, sin debate y sin explicar siquiera qué riesgo concreto justifica una medida tan extraordinaria.
La excusa no se sostiene (y eso es lo más inquietante)
El motivo que ha trascendido es que alguien habría logrado «hackear» Fable 5 —saltarse sus barreras de seguridad— para usarlo en cuestiones de ciberseguridad. Conviene tomárselo con pinzas, porque la propia Anthropic, que no tiene ningún interés en quitarle hierro a su capacidad de hacer daño, sostiene que la técnica detectada solo sirvió para encontrar un puñado de vulnerabilidades menores y ya conocidas, y que cualquier modelo disponible hoy —cita expresamente el GPT-5.5 de OpenAI, que usan cientos de millones de personas— puede hacer exactamente lo mismo.
Cuando un Estado castiga selectivamente a una empresa con la que mantiene un pulso abierto, alegando un peligro que no concreta, la palabra «seguridad» empieza a sonar a otra cosa.
Si eso es cierto, la pregunta cae por su propio peso: ¿por qué este modelo y no los demás? ¿Por qué Anthropic y no su competencia? La respuesta probablemente esté menos en la ciberseguridad y más en la política. No conviene olvidar que la administración Trump ya había intentado frenar el lanzamiento de estos modelos y no lo había conseguido; que el Departamento de Defensa había declarado antes a Anthropic «riesgo para la cadena de suministro» —una etiqueta reservada históricamente a adversarios extranjeros— tras romperse las negociaciones entre ambos; y que la empresa tiene una demanda en marcha contra el propio gobierno.
Lo que esto significa para nosotros
Seamos justos, porque la honestidad obliga: hay un argumento legítimo al otro lado. Una IA capaz de encontrar agujeros de seguridad que llevaban décadas ocultos es un arma de doble filo, y que ninguna empresa pueda blindar del todo sus modelos es un problema real. Que un puñado de directivos de cuatro compañías privadas decidan en solitario qué tecnología de este calibre se libera y cuál no tampoco es tranquilizador. Algún tipo de control público tendrá que existir.
Pero una cosa es el control y otra el capricho del más fuerte. Y la lección para Europa, y para España, es demoledora en su sencillez: dependemos de una tecnología que un gobierno extranjero puede apagarnos de un día para otro, por decreto, sin darnos explicaciones y precisamente por ser extranjeros. Hoy ha sido Trump con Anthropic. Mañana puede ser cualquier presidente con cualquier modelo. Y si la alternativa es fiarlo todo a China, el callejón no tiene salida.
La soberanía no es una palabra bonita para los discursos. Es tener algo a lo que agarrarse el día en que a Washington le dé por cerrar el grifo. No hace falta que nuestros modelos sean los más potentes del planeta; basta con que sean nuestros. Lo que ha pasado esta semana no es una anécdota tecnológica: es la factura, por adelantado, de no haber tomado en serio esa idea cuando todavía había tiempo.
El Gaviotu
